A seis años de su lanzamiento original, Animal Crossing: New Horizons llega a Nintendo Switch 2 para revalidar porque es el rey de los cozy games.
Hay juegos que se disfrutan por lo que proponen y otros que se entienden por cuándo lo hacen. Animal Crossing: New Horizons pertenece, claramente, al segundo grupo. Con un lanzamiento original que llegó allá por 2020, en un momento bastante particular para toda una generación, el juego de Nintendo se convirtió en refugio, rutina y compañía para millones de personas.
Una isla, un ritmo propio
Animal Crossing: New Horizons nos propone algo simple: mudarnos a una isla desierta, pagar una deuda (siempre Tom Nook), y empezar una vida nueva. No hay urgencias. No hay amenazas. No hay un objetivo final claro. Hay días, tareas pequeñas y una sensación constante de progreso y crecimiento.
Desde el primer momento, el juego deja algo muy en claro: acá manda el tiempo. El reloj interno del sistema es el reloj del mundo real. Si es de noche afuera, es de noche en la isla. Si hoy es lunes, hoy es lunes en el juego. Las tiendas abren y cierran en horarios lógicos, los personajes tienen rutinas, los eventos ocurren en fechas específicas. New Horizons no se adapta al jugador; es el jugador el que debe adaptarse a él.
Para alguien que llega por primera vez, esto puede sentirse restrictivo. La dependencia del tiempo real es, también, la principal crítica que se le puede hacer al juego. Hay días en los que simplemente no hay mucho más para hacer. O mejor dicho: hay que aceptar que hoy no toca avanzar, que mañana será otro día porque en la vida real recién pudimos agarrar la consola a las 11 de la noche. En una industria obsesionada con la retención constante y el “un turno más”, Animal Crossing se permite algo casi contracultural: decirte que pares.
El loop diario como corazón del juego
Todo en New Horizons gira alrededor de un loop diario extremadamente claro. Despertarse, recorrer la isla, recolectar recursos, hablar con los vecinos, pescar, cazar insectos, decorar, vender, donar al museo. Repetir. Pero esa repetición nunca se siente mecánica, porque el juego entiende muy bien algo esencial: la rutina también puede ser placentera.
El progreso no se mide en niveles ni en estadísticas, sino en pequeños cambios acumulativos. Un puente nuevo. Una casa un poco más grande. Un vecino que se muda. Un sector de la isla que empieza a tomar forma. No hay castigo por jugar “mal”, ni presión por optimizar. Incluso la economía, con sus bayas y el famoso mercado de nabos, es más una curiosidad que un sistema punitivo.
Jugado hoy, lejos del ruido inicial, New Horizons se siente casi como una experiencia meditativa. No busca sorprender todo el tiempo. Busca acompañar.
La isla como lienzo
Si el tiempo es el marco, la customización es la verdadera estrella. La isla no es solo un escenario: es un lienzo. Con el correr de las horas, Animal Crossing le entrega al jugador herramientas para modificar prácticamente todo. Desde la ubicación de edificios hasta el diseño del terreno, pasando por muebles, caminos, cercos y ropa.
Lo interesante es que la customización nunca es obligatoria. Podés involucrarte profundamente, planificando cada rincón como si fuera un proyecto de arquitectura, o limitarte a hacer pequeños ajustes y dejar que la isla crezca de forma orgánica. El juego no juzga ninguna de las dos posturas.
Ahí aparece una de las grandes virtudes de New Horizons: respeta al jugador. No intenta imponer un estilo ni una forma correcta de jugar. Ofrece posibilidades y se corre a un costado.
Llegar tarde y entender el fenómeno
Jugarlo hoy, en Nintendo Switch 2, inevitablemente invita a la reflexión. No por mejoras técnicas revolucionarias, que no las necesita porque no es hacia lo que apunta el juego, sino porque el paso del tiempo le da otra capa de lectura. New Horizons fue seguramente, para muchos, un espacio de socialización cuando el mundo real estaba cerrado. Visitar islas de amigos, intercambiar objetos, celebrar eventos. Todo eso, hoy, sigue estando ahí, pero se percibe con más calma, sin urgencia.
Animal Crossing no fue importante por lo que hacía técnicamente, sino por cómo acompañó a una generación de jugadores en un momento particular. Fue un juego que entendió el valor de la rutina cuando la rutina real se había roto.
Nintendo, el tiempo y el diseño
Parte del mérito también está en entender a Nintendo como compañía. Nintendo lleva décadas demostrando que no necesita correr detrás de tendencias para marcar agenda. Mientras la industria empuja gráficos, velocidad y sistemas cada vez más complejos, Animal Crossing propone lo contrario: bajar un cambio, mirar alrededor, esperar.
Jugado en Switch 2, New Horizons se revaloriza no por potencia, sino por diseño. Porque es un juego que no envejece mal: envejece distinto. Sus sistemas siguen siendo relevantes porque están construidos alrededor de emociones que todos buscamos o tenemos: pertenencia, cuidado, rutina y no de modas pasajeras.
La dependencia del tiempo real sigue siendo un arma de doble filo. Para algunos jugadores, especialmente quienes tienen sesiones largas o irregulares, puede sentirse limitante. Hay progreso que simplemente no se puede forzar. Y aunque existen atajos (como modificar el reloj del sistema), hacerlo rompe parte de la magia.
Más allá de eso, hay poco para objetar. New Horizons sabe exactamente qué quiere ser y no intenta ser otra cosa. No busca profundidad sistémica extrema ni desafíos complejos. Busca constancia.
Conclusión
Animal Crossing: New Horizons es un gran punto de entrada, incluso para quienes llegamos tarde. No necesita contexto previo ni nostalgia para funcionar. Su importancia no reside solo en el momento en que salió, sino en la filosofía de diseño que sostiene.
Entender por qué fue tan relevante no requiere haberlo vivido en 2020. Basta con jugarlo hoy y aceptar su propuesta: tomarse el tiempo. En un medio que siempre empuja hacia adelante, Animal Crossing recuerda que, a veces, quedarse un rato más también es avanzar.
Animal Crossing: New Horizons es un gran punto de entrada, incluso para quienes llegamos tarde. No necesita contexto previo ni nostalgia para funcionar. Su importancia no reside solo en el momento en que salió, sino en la filosofía de diseño que sostiene.
Entender por qué fue tan relevante no requiere haberlo vivido en 2020. Basta con jugarlo hoy y aceptar su propuesta: tomarse el tiempo. En un medio que siempre empuja hacia adelante, Animal Crossing recuerda que, a veces, quedarse un rato más también es avanzar.
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