El cine de Guillermo del Toro siempre ha estado ligado a un mecanismo de engranajes. Estando estos presentes literalmente o no, pero siempre siguiendo una pauta de construcción que funcionan como eje motor de las maquinarias más importantes: sus obras. Crimson Peak (2015) no es la excepción a la regla, los engranajes están en función del motor más clásico posible, la fuente e inspiración literaria.
El film comienza con la rústica portada de un libro que lleva el título homónimo de la obra en cuestión, elemento que comienza indicando (y habrá muchos a lo largo de la historia) la fuente de la misma, los cimientos de Allerdale Hall, que la regirán en su totalidad. Toma tras toma deja a su paso un aire clasicista que si bien no sorprende argumentalmente, ni tampoco es buscado ni necesario que lo haga, encanta y maravilla con una construcción simple que se une al descomunal trabajo artístico que envuelve al relato. Un tono barroco que une ambos aspectos y que deja atónito a quien se pasee dentro la mansión a cielo abierto, inundada de hojas otoñales o los bellos montes nevados de Allerdale Hall, esa a la que momentos antes un fantasma nos advertía entrar con un gutural: “Beware of Crimson Peak”. Y aquí es donde se merece una pequeña mención el elemento sobrenatural del film que suele ser malinterpretado y por ende se termina despreciando a la obra final.
La historia contada despliega parte de su valor estético y su tono sombrío en las presencias fantasmales que rodean a la bella literata Edith (Mia Wasikowska), desde su fallecida madre quien intenta proteger de ella desde la ultratumba hasta el desfile de fantasmas que se aparecen en varios rincones de la laberíntica mansión (algunos de ellos interpretados por Doug Jones, un viejo amigo de la casa). Pero estos seres no impulsan al film ni poseen un rol decisivo para la historia, más bien dejan piezas que construyen el camino a seguir y lo acompañan desde cierta distancia, a veces cercanas y otras no. Alejado del terror y próximo al romanticismo gótico, el film lo deja en claro desde un principio en boca de Edith: “No es una historia de fantasmas, es una historia con fantasmas”. Cumpliendo con dichas palabras, la historia tendrá ciertos sobresaltos, los menos, y se centrará en el secreto de la misteriosa mansión y los hermanos dueños de la misma, Thomas y Lucille Sharpe (Tom Hiddleston y Jessica Chastain), dos personajes que poseen ese tono único y propio del gótico que con gran belleza resultan ser tanto aterradores como encantadores.
Paseándose entre breves tonos de comedia y mayormente la romántica del drama, el film se embebe en parte de otra obra clásica como lo es Rebecca de Alfred Hitchcock (1940). Ambos films comienzan con un tono alegre que se irá tiñendo de oscuridad cuando las enamoradas heroínas descubran que se han apresurado a casarse y se encuentren atrapadas en el pasado que aún vive en forma de mansión (sea Manderley o Crimson Peak) y de difunta esposa (o esposas). Otro ejemplo de la estructura clásica del film que, pese a ser una producción Hollywoodense, se limita a destacarse por su simpleza literaria dejándola revelar su autoría. Logra acercarse a sus trabajos más personales como El espinazo del Diablo (2001) o El laberinto del fauno (2006) y alejarse de un tanque con gusto a poco como Pacific Rim (2013). Un cine que hoy en día escasea y donde la marca de autor, propia y con elementos que lo inspiraron, parece en vía de extinción (Linklater y Tarantino son otros de los pocos conocidos que aún mantienen eso, la unión entre referencia y autoría).
Guillermo del Toro reúne esos elementos, además de ese espíritu de cuentacuentos único en su especie. El horror del film es más humano que sobrenatural y dentro de ello se esconde la poética visual que maravilla y nos incita a devorar las imágenes como quien se encuentra absorto en la lectura. Crimson Peak, entre polillas y la nieve teñida por un rojo sangre, apela a lo viejo conocido pero encanta como si fuera algo totalmente nuevo, que en parte lo es en el cine de hoy en día, y lo renueva en una suerte de encuentro entre Jane Austen y Mary Shelly, condimentos expuestos por los personajes y que terminan conformando a la perfección a Edith y su entorno novelesco. Un deleite que recorre la mirada al igual que lo haría frente a un buen libro.
Por Nicolás Ponisio.
