La máquina de hacer CGI mediocre de Hollywood continúa su andar con otra película de animales parlantes: Locos por las Nueces 2.
Un vistazo a las películas más taquilleras de los últimos veinte años en nuestro país nos permite sacar dos conclusiones. Primero, que Ricardo Darín vende, y mucho. Segundo, que en la Argentina ir al cine sigue siendo predominantemente cosa de chicos (o padres que no saben ya como entretener a sus hijos). Pixar, La Era de Hielo, Madagascar y los Minions han dominado la taquilla con tanta seguridad como que mañana sale el sol. Si hasta la película de los Emoji, que quien les escribe se encargo de destrozar, ha logrado sumar más de medio millón de espectadores y contando. Para tener referencia esto es más que Alien: Covenant, la segunda de John Wick, Valerian y Ghost in the Shell sumadas. A este ritmo superará pronto a la Mujer Maravilla en el podio de ventas del 2017.
Esta introducción viene a colación de una pregunta que uno podría hacerse mientras mira Locos por las nueces 2 ¿Con que razón se hacen y se siguen estrenando aquí estas películas? La respuesta es simple: porque vende. En este caso, quienes desean hacer plata son un grupo de productoras independientes de Estados Unidos, Canadá y Corea del Sur, país donde a juzgar por los créditos se realizó la mayor parte del trabajo de animación. La primera entrega de esta saga de roedores logró triplicar su presupuesto en ganancias, así que el prospecto de una secuela es solo una consecuencia lógica.
De la primer parte de Locos por las nueces solo es necesario saber que terminó con Surly (Will Arnett en el original inglés), Andie (Katherine Heigl), Preciosa (Maya Rudolph) y toda la pandilla del parque habitando una tienda de nueces abandonada y repleta de la comida predilecta de los roedores. Ni siquiera este status quo es demasiado importante, ya que en los primeros minutos de la cinta la tienda vuela por los aires, e inmediatamente los protagonistas deben enfrentarse al nuevo villano que les compete.
El corrupto alcalde Percival J. Muldoon (Bobby Moynihan), en un plan digno de nuestros tiempos, pretende privatizar la plaza en la que los animalitos viven para ubicar allí un parque de diversiones y engordar sus arcas. Sigue, como es de esperarse, muchos enredos, planes abortados y humor físico hasta que finalmente (¡spoiler alert!), los buenos ganan.
El guión es fomulaico, tocando todos los giros argumentales necesarios para este tipo de films, pero de una manera poco inspirada. Ante todos los personajes el espectador tendrá un sentimiento de déjà vu, como de haberlo visto antes. En particular ante la hija del alcalde Heather (Isabela Moner), que es una mezcla entre Elvira de Looney Toones y el niño malcriado de Toy Story.
Otro lugar común de estas películas infantiles CGI para niños es la abundancia de juegos de palabras y chistes que por regla general a los chicos no les hace gracia, y mucho menos cuando la mayoría del humor se pierde en la traducción. Salvo, por supuesto cuando los traductores se toman libertades. Por ejemplo, cuando Surly le pide a Preciosa, y aquí cito textual, que vaya “de reversa mami”.
De repente, promediando la película, la rata muda Amigo cae al suelo desde un primero piso, y todo parece indicar su muerte. El ambiente se vuelve pesado, y todo parece sumergirse en el tono lúgubre que caracterizó a las películas infantiles ochentosas de Don Bluth (Fivel y el nuevo mundo, La tierra antes del tiempo y Todos los perros van al cielo). El desvío dura poco, lamentablemente, despertándose Amigo casualmente de su coma una escena luego, y regresando al tono genérico que comparte con la decena de películas sobre animales CGI que han sido lanzadas en las últimas dos décadas. Busquen en Wikipedia, la verdad que son más de las que imaginan.
Por lo demás, Locos por las Nueces 2 tocan todos los temas recurrentes: ecología, el valor del esfuerzo, del trabajo en equipo, etc., etc. El poco esfuerzo volcado en el guión trasluce en la relación entre los protagonistas Surly y Andie. Mientras que el primero es vago y aprovechado, su contraparte constantemente esta dando sermones dirigidos a los niños espectadores, del tipo de “lo fácil no forma el carácter” o “no hay atajos en la vida”. Sin embargo, es Surly quien finalmente salva la ocasión, sin que quede muy en claro la ardilla aprendió algo más allá que ha pedir ayuda a un grupo de ratones karatecas.
El montaje que nos muestra el entrenamiento de estos roedores en el Barrio Chino, liderados por el señor Feng (Jackie Chan), es el único momento del film que demuestra algo de personalidad visual. Las animación y las texturas son correctas, y el diseño de personajes delata un poco mucho que la inspiración de Pixar. El estilo del pionero estudio es imitado hasta el detalle de las bloopers de filmación adosados durante los créditos. En sintonía con el trabajo de escritura, visualmente la película no se destaca, siendo el mejor elogio que uno podría pensar “prolijo”.
En resumen, nos encontramos con otro film en CGI para niños que parece haber sido concebido teniendo en mente las repeticiones de las tardes de domingo en la televisión abierta a las que esta condenado. Si es que la televisión abierta sigue existiendo para entonces. Un film correcto y poco inventivo que no destaca en ningún departamento. Si tus hijos, intrigado por el tráiler o el poster promocional en la calle, te pide verla te recomiendo ir a Netflix y poner Ratatouille. Por más que sea la enésima vez que la vean.
