En el onceavo libro de la colección de Nippur de Lagash, tanto el dibujo como el color dan un bienvenido salto de calidad.
El onceavo tomo de Nippur de Lagash de Planeta DeAgostini contiene seis capítulos en total. Cuatro editados originalmente en la revista D’Artagnan y dos en Nippur de Lagash-Todo Color, todos aparecidos entre noviembre de 1972 y febrero de 1973. Al igual que en el libro anterior, la labor gráfica se reparte a cuatro manos entre Ricardo Villagrán y Sergio Mulko, siempre con Robin Wood en guiones.
Además de la introducción de algunos personajes nuevos que se convertirán en amigos de Nippur, y por esa razón parte del elenco recurrente de la serie, la característica más distintiva de esta entrega de la biblioteca es la evolución del arte de ambos autores. Ya con algunos episodios a sus espaldas, tanto Villagrán como Mulko demuestran aquí afianzarse con un estilo propio en los dibujos, y hasta se lucen con técnicas que los diferencian de Olivera.
En el caso de los episodios publicados en Nippur de Lagash-Todo Color, quizás sería más ajustado decir que aún más que la pluma o el entintado de Villagrán, lo que da un salto cualitativo es el coloreado de la historieta. Como recordaran, repetidas veces lo he señalado como un punto débil de la factura de Nippur, particularmente en esos primeros Anuarios.
“Karien, en lo alto de las montañas”, que abre el libro y le da su título, nos narra el primer encuentro entre el Errante y una amazona, quienes cobrarán relevancia posteriormente. La introducción de Karien La Roja es un bienvenido cambio en la historia, ya que introduce un personaje femenino con agencia, ya que la reina de las amazonas está en un lugar de poder, sabe pelear con la espada y defenderse a sí misma. Sin embargo, se subraya que no es una igual con respecto a Nippur, remarcando repetidas veces la superioridad de él sobre ella.
Es en este mismo capítulo que podemos ver, hasta donde puedo recordar, el primer uso narrativo del color. Al desatarse una pelea en la cantina, Nippur corta la antorcha que ilumina el ambiente, y desata la oscuridad, que en los cuadros subsiguientes es ilustrada con viñetas pintadas por completo de color azul.
“Hattusil”, por su parte, también introduce un personaje memorable en el titular guerrero hitita jorobado, que cruzará más de una vez su camino con el sumerio exiliado. Este es con seguridad el capítulo mejor coloreado hasta la fecha. No solo los colores elegidos se mantienen variados dentro de las líneas, sino que Villagrán los utiliza para darle profundidad y relieve a sus dibujos.
Sergio Mulko, quien no tiene el lujo del color en las páginas de D’Artagnan, también va ganando confianza en la pluma en sus propias aventuras, con un estilo propio más redondeado y detallado, menos angular que el de su antecesor Olivera.
El mejor ejemplo de la experimentación técnica del dibujante es el capítulo titulado “La Ciudad”. Allí, el Errante viaja a una ciudad imposible y abandonada en medio del desierto. Allí Nippur se encuentra con los fantasmas de todos sus seres queridos muertos, entre ellos su amada Nofretamón. Para resaltar el carácter etéreo y sobre natural del lugar, Mulko recurre a una técnica de entintado que traza líneas blancas en las superficies negras. El resultado son imágenes que están en la página en la misma medida que no lo están, como los fantasmas que atormentan al sumerio.




