Steven Spielberg se reúne nuevamente con Tom Hanks en The Post para contar la historia de la filtración de documentos secretos del Pentágono en los años ‘70.
The Post comienza en la selva vietnamita, allá por 1966, siguiendo las acciones del analista Daniel Ellsberg (Matthew Rhys), quien acompaña a un escuadrón de soldados en combate y bajo fuego. Pero cualquier eco del clásico Rescatando al Soldado Ryan muere rápidamente, alejándose el film de la acción sin contemplaciones.
The Post no está interesada en la guerra en sí, sino en la trayectoria que siguió el informe sobre el conflicto en Vietnam elaborado por Ellsberg y otros analistas, y que dice este derrotero del periodismo y las instituciones norteamericanas. Años luego, ya en los setenta, el contenido de los informes secretos fue filtrados a la prensa, primero al New York Times y luego al Washington Post, poniendo al desnudo la cantidad de secretos que el Gobierno norteamericano había ocultado a sus ciudadanos, así como poniendo a prueba la libertad de la prensa y su capacidad de cíiticar al poder de turno.
Lo primero que llama la atención del nuevo film de Steven Spielberg, quien regresa a las pantallas luego de la tibiamente recibida The BFG, es el tamaño y la calidad del elenco. La rutilante cartelera está encabezada por Meryl Streep y Tom Hanks pero presenta además a los mejores actores de la televisión norteamericana actual comenzando por Rhys, quien hace años la rompe en la serie The Americans, y continuando con Bob Odenkirk, Sarah Paulson, Carrie Coon, Jesse Plemons y Alison Brie.
Suman a The Post también veteranos actores de reparto como Tracy Letts, Bradley Whitford, Bruce Greenwood y Michael Stuhlbarg, entre otros. Acaso la única queja que uno puede elevar ante tal despliegue actoral, que sólo un apellido como Spielberg puede propiciar, es que no hay suficiente metraje para todos. En particular Paulson, Coon y Brie reciben menos pantalla de la que su talento demanda.
Este elenco desbordante se saca chispas dotando de vida al guión de Liz Hannah y Josh Singer, que comienza filoso en su dinámica puesta en escena de la redacción del Washington Post. A diferencia de la reciente Spotlight, también coescrita por Singer, The Post resalta la minucias de la confección de un matutino y le otorga la misma tensión absorbente que a la investigación periodística dirigida por Michael Keaton en la ganadora del Oscar.
Tom Hanks pierde un poco de su disposición bonachona en la interpretación de Ben Bradlee, un editor tan guiado por la integridad profesional como por el deseo de causar un impacto con su publicación. Bajo su comando, y en las manos del mencionado estelar elenco, el día a día de la redacción del Post cobra una urgencia que atrapa al espectador y lo retiene.
Streep, quien puede llegar a cansar con su reinado perenne sobre Hollywwod y los Oscars, regala aquí una actuación a la altura de su reputación. Su Katharine Graham, la dubitativa propietaria del periódico, no solo ancla la intriga de los papeles filtrados del Pentágono, a tono con el debate sobre las “fake news”, sino también una mirada crítica sobre la dinámica de género en el lugar de trabajo que se siente tan relevante en el tiempo retratado como hoy.
Lamentablemente está apuesta de Spielberg y los guionistas se ve frustrada por una falta de confianza en el espectador, que lleva hacia el final a subrayar sobre subrayado una política de género que era mejor servida por las imágenes en pantalla y las acciones de los personajes que por sobre explicativos sermones. Esto es una pena porque el lenguaje visual que construye The Post en los primeros tres cuartos de película es muy rico, y más que capaz de plasmar la temátización del guión por sí solo (¿Alguien podría olvidar esa niña de rojo en La Lista de Schindler?).
La cinematografía preciosista y luminosa del regular colaborador Janusz Kamiński nos regala imágenes poderosas, como Streep rodeada por sacos y corbatas en la mesa de directivos del periódico, o las miradas admiradas que las jóvenes hippies le otorgan a Katharine Graham a la salida de la Corte Suprema de Justicia. Sobran los consecutivos monólogos de Paulson y Streep hacía el final de la cinta, que no hacen más que limar la potencia de las secuencias visuales en su necesidad de explicitar lo ya comprendido.
Igualmente innecesaria es la escena final, que luego de la resolución del conflicto a los papeles del Pentágono salta unos años al futuro para recordarle al público el incidente del Watergate y que Richard Nixon fue un presidente inescrupuloso. La búsqueda de antagonizar a Nixon le quita matices a la historia y probablemente obedezca más al malestar de la producción con el actual presidente norteamericano que con su antecesor republicano. Yo le sugeriría a Spielberg que en la edición hogareña pierda ese epílogo poco sutil que resta a un film en mayor parte muy bien ejecutado. La película será mejor por ello.



