Hades tiene una particularidad que enaltece aún más su propuesta rogue-like: cada incursión que realizamos se siente como una nueva aventura.
A casi un año de su lanzamiento, ¿qué puedo escribir que no se haya afirmado o dicho sobre Hades? La propuesta de Supergiant Games no solo se posicionó como uno de los juegos del año, sino que enalteció el amplio mundo de los rogue-like y enalteció todos los conceptos que componen al género.
Los rogue-like tienen un denominador común y que a veces termina siendo su propia espada de Damocles: repetir una y otra vez el mismo recorrido, volviéndonos cada vez más fuertes en cada partida. Si no hay una suficiente “frescura” en sus contenidos y si las mecánicas no tienen un atractivo que se sustente por sí solo, la fórmula queda trunca.
Durante los últimos años, el género se consolidó y nos ha regalado un montón de experiencias alucinantes (Returnal y Dead Cells, por solo mencionas dos joyas) y tras poder probar Hades en su versión de PlayStation 5, encontré una aventura que eleva al máximo con esta expresión y logra algo que pocos títulos consiguen: hacer de cada “run”, un viaje único y diferente.
El viaje de Zagreus, hijo de Hades, tiene una construcción que no solo exhibe un modus operandi en el anhelo del protagonista, sino también de todos los personajes que vamos conociendo durante el periplo: escapar del inframundo para alcanzar el Monte Olimpo. Pero para llegar a destino. Los diferentes dioses de la mitología griega aparecerán para brindarnos nuestra ayuda; la motivación y pureza del protagonista son varios de los motivos que funcionan para dar ese primer marco contextual a toda la narrativa.
Puedo estar argumentando durante varios y extensos párrafos sobre las maravillas de sus mecánicas, lo adictivo de sus combates o su proeza audiovisual que, en esta versión de PS5, saca a relucir toda su performance que termina puliendo la experiencia final, pero acá busco resaltar otro notable concepto que hace a Hades aún más grande.
Me llevó unas 15 runs llegar hasta el “final” del camino, dejando a un lado todos los bosses y enfrentando cara a cara a Hades, y con unas 40 incursiones más en la espalda, la sensación en el joystick, en la visual y en lo que conocemos sobre su lore, es completamente fresco. Y afirmar esto de un juego que solo tiene un hub central y 4 “fases”, es realmente descomunal.
Un rogue-like que no se siente un rogue-like. ¿Cómo consigue esto? Primero y principal, cumple una regla fundamental en el género: no mostrar todas sus cartas en la primera mano. Lleva varios viajes conocer todas las armas y esto solo esprimera capa de su jugabilidad. La posibilidad de recibir las bendiciones de los 10 dioses que ofrecen ayuda a Zagreus y entender estratégicamente cuál se adapta mejor a nuestro estilo de juego es un inyección creativa fundamental para el atractivo y dinámica de las incursiones.
Combinar los beneficios de los dioses marca el ritmo de las runs y el juego obliga a no solo entender los pros y contra de cada elección, sino a elegir con atención cómo perfilamos las habilidades de Zagreus en su búsqueda por escapar del Inframundo.
En sinergia con su combate, la construcción de su narrativa también tiene esa magia de ir descubriendo las piezas y secretos de la historia en el momento preciso, para siempre quedarse con ganas de más. La amplia variedad de NPC tienen un dato interesante para aportar al lore, pero principalmente cada uno de ellos cuenta con una fuerza propia y personalidad, que se complementa con el exquisito apartado visual y el voice acting.
Hades es un referente idóneo dentro de los rogue-like, pero también es una hermosa construcción de como aprovechar un puñado de recursos, ya vistos hasta el hartazgo, para ofrecer una experiencia que se adueña de todos los sentidos para complementarse con algo que nunca hay que desmerecer: la sensación de no querer soltar nunca el joystick, y probar una “run” más.

