Hay algo que se impuso en el género de plataformas. Gracias a Mario un fenómeno se asentó en los primeros juegos. Una vez que avanzás no hay vuelta atrás.
El Super Mario Bros. es un gran ejemplo. El quinto
Acaso esta característica en el juego fue una decisión para aliviar los motores del juego, o una construcción conceptual dentro de lo que parece ser un pasatiempo inocente.
Planteemos hipótesis por un segundo. Cuando hay un objetivo claro en nuestras vidas, la mejor forma de alcanzarlo es enfocándonos, no quitar nuestra vista de él. Mario mira siempre hacia la derecha, y en este universo bidimensional, donde la derecha es adelante, en el final, al fondo a la derecha, está la princesa. Quizás él la puede ver desde el principio y por eso no le quita la vista (puede mirar hacia atrás, pero para avanzar mira hacia adelante), o quizás solamente sabe que hacia allá va a encontrar su último objetivo. Y no tiene sentido mirar hacia atrás, cada castillo superado, cada enemigo destruido, cada moneda no recogida, pasan a ser olvidados para siempre. Por enfocarse en lo que ya pasó puede perderse en el pasado y jamás conseguiría lo que desea. Una versión moderna del mito de Orféo y Euridice.
Quizás en este simple juego el maestro Shigeru Miyamoto nos quería dejar una lección. Quizás requiera una larga travesía, o que te encuentres con muchos falsos éxitos (“Gracias Mario, pero la princesa está en otro castillo”), pero si sigues el camino hacia adelante, sin volver sobre tus pies ni mirar hacia atrás, no hay obstáculo que se pueda interponer entre tú y tu tan preciado objetivo.
