Sobre Alita, o Battle Angel: La Última Guerrera como se la llamó aquí, pesa sobre todo una pregunta ¿Podrá romper la maldición de las adaptaciones en carne y hueso occidentales de manga? La respuesta es sí.
El éxito consecutivo de The Matrix, X-Men, El Señor de los Anillos y Episodio 1 al filo de los dos mil, estableció un tono definitivamente geek en el Hollywood del siglo XXI. El público quería mundos fantásticos donde sumergirse, con reglas propias e historia, que existiera más allá de los personajes que protagonizaran el relato. Con la irrupción del Universo Cinemático Marvel unos años después quedó en claro que el espectador estaba dispuesto incluso a pagar una entrada por poder estar un rato más en ese mundo, incluso cuando los protagonistas con los que se encariñaron (o sea RDJ) no sean de la partida. Si este es el mandato en la capital de la magia en la pantalla grande desde hace, por lo menos, un par de décadas ¿Por qué cuesta presentarnos mundos nuevos que nos inviten a maravillarnos? Este es justamente el primer punto fuerte de Alita: Battle Angel, la largamente pospuesta producción de James Cameron sobre el manga de comienzos de los noventa. No solo nos introduce en la distopía futurista de manera intrigante, sino que va construyéndola con suficiente fineza para que queramos quedarnos.
Evitando esas torpes exposiciones con voz en off y millones de dólares en CGI con que lamentablemente abren buena parte de las películas de ciencia ficción hoy (te estoy mirando a vos, Pacific Rim), Battle Angel nos informa con una placa que nos encontramos a 300 años de un evento conocido como “La Caída”, y luego nos arroja sin más contexto al basurero. Debajo de una ciudadela flotante llueven desperdicios mecánicos, entre los cuales escarba el Dr. Dyson Ido (Christoph Waltz). Allí, apenas escondida entre la chatarra, la encuentra a Alita (Rosa Salazar), un cuerpo cibernético semidestruido con un cerebro humano. Sera a través de sus ojos que aprenderemos sobre Iron City, la ruinosa ciudad donde viven todos aquellos que sirven a los habitantes de Zallem, última de las metrópolis del pasado que levita sobre sus cabezas, y lentamente se vaya corriendo el telón de una historia de siglos que esconde muchos misterios.
Si bien yo no soy devoto de San James Cameron, no puede negarse que sabe cómo introducir al espectador a un mundo de ciencia ficción. El guion, escrito junto con Laeta Kalogridis (Altered Carbon), no tiene apuro en mostrar que cool es la mitología del mundo que crearon, sino que la va desarrollando al ritmo de la historia, y prefiere mostrar antes que decir. Por ende, la exposición que suele arrastrar el ritmo de este tipo de películas es, al menos, no tan intrusiva como en otros ejemplos del género.
Por supuesto que si la fantasía encuentra carnadura es también gracias a las actuaciones. Christophe Waltz, a quien conocimos devorando la pantalla en los Bastardos Sin Gloria de Tarantino, hace un buen trabajo como la figura paterna. (Lamentablemente para Waltz, no puede dejar de imaginar toda la película que hubiese sido si, como dictaba el casting original, el rol lo hubiese interpretado el amigo de Cameron, Arnold Schwarzenegger) Lo mismo puede decirse de Jennifer Connelly como la Dr. Chiren y Mahershala Ali como el villano Vector, quienes se encuentran lejos de sus performances más premiadas, pero que logran darle un tono dramático que evita que los personajes que pierdan entre el CGI. Otro tanto hace Keean Johnson, quien sale airoso en su interpretación protagónica como Hugo, la cara más visible de un elenco multicultural hecho a medida de la Babilonia posapocaliptica que es Iron City.
Sin embargo, el triunfo del film es la mismísima Alita, Rosa Salazar, quien logra proyectar en la pantalla las emociones que atraviesa el personaje, incluso cuando una capa de píxeles la cubre prácticamente todo el metraje. Desde la inocencia con que aborda las relaciones humanas a la ira que empuja sus violentas peleas, todo puede leerse en su cara, y particularmente en sus inmensos ojos de anime, que tanta controversia causaron en foros cuando se estrenó el primer tráiler. En ese respecto, si bien el film hubiese sido exactamente igual sin ese detalle, que la trama lo integre sin fricción y que el trabajo digital sea lo suficientemente bueno ayuda a que al rato de mirar la pantalla uno se olvide de ello.
Debe aplaudirse el trabajo de Robert Rodriguez (quien fue pionero en este tipo de visuales con Sin City), el cinematógrafo Bill Pope y la gente de Weta Workshop, que logran crear un escenario impresionante para la acción de Battle Angel (que la función de prensa haya sido realizada en el IMAX no hizo más que convertir a Iron City en una visión más inmersiva). Particularmente en los sucios callejones de la ciudad cuesta distinguir donde termina el CGI y donde comienza lo real. Incluso los diversos ciborgs que aparecen, quienes en muchas ocasiones solo conservan el rostro del actor que los interpreta, son realizados con un sorprendente nivel de verosimilitud. La diagramación de las escenas de acción también se destaca, aprovechando al máximo el dinamismo visual del manga original de Yukito Kishiro para plasmar impresionantes luchas mecánicas y el vértigo del deporte ficticio de motorball.
Si todos estos elementos son los que elevan a Battle Angel (su construcción del mundo, sus actuaciones, sus efectos), donde falla es en el desarrollo de la historia. Hay una tensión latente que atraviesa la relación entre Iron City y Zallem, una lucha de clases que bulle con resentimiento y deseos debajo de la superficie, y que el guion se contentan con insinuar sin ir a lo profundo. De hecho, algunos elementos fueron suavizados en relación al OVA clásico. En lugar de esta mirada más provocativa, en lo que es una marca de la narrativa Cameron, se prefiere hacer foco en la más trillada historia romántica teen y la relación padre/hija, ambas piedras de toque emocionales que hubieran ganado en dimensión y dramatismo de haberse desarrollado más el ángulo sociológico, que es bien propio de la ciencia ficción. Es allí donde la cinta termina por conformarse con ser una muy buena película del género, y no se anima a intentar ser una muy buena película a secas.
De seguro los titulares en torno a Battle Angel van a proclamarla como la mejor adaptación hollywoodense de un manga, y no estarán equivocados. Pero teniendo en cuenta que la barra estaba puesta tan baja (Dragon Ball Evolution, et al.), creo que haría más justicia a la visión de Rodríguez, Cameron y Kalogridis promocionarla como una gran película de ciencia ficción, que logra presentar un mundo inmersivo al que uno quiere volver sin descuidar sus personajes. Algo que las producciones actuales no pueden hacer muy seguido.


